Otro miércoles ceniciento

ÁNGEL MARTÍNEZ

Nos ha pasado el Miércoles Ceniciento.

Y no sólo por la sacratísima imposición, sino también un poquito por lo deslucido y grisáceo. En la antigua penitencia pública este día se solía expulsar solemnemente de la iglesia a los pecadores con prolijos ritos. Excitante. Me preguntaba yo cómo «carajos» se expulsa a alguien «solemnemente» de cualquier lado.

La ceremonia tal como hoy la conocemos fue generalizada por un “tal” Papa Urbano II en un “tal” Concilio de Benevento. Año 1091. (Hoy de los concilios no se acuerda ni la mucama, a no ser del concilio del Anillo Único, y de los papas ni te digo. De Urbano, declinado urbanismo, nos acordamos algo más. Es lo que tienen los dogmas de fe: que quedan inscritos en los corazones de los hombres. Nuestras sacrosantas demogrescas liberales también tienen los suyos).

Iba diciendo. Que dice el “Manual de Liturgia Sagrada” que a los laicos se les impondrá la ceniza (de momento a ellos no se les permite imponerla) “sobre el cabello, cerca de la frente” y (¡ojito!) que “NO es necesario tocar la cabeza con los dedos; basta esparcir sobre ella la ceniza a modo de cruz” ¡Madre mía! Los deseos de media cristiandad católica para este día resulta que ya fueron solucionados hace siglos. Espero querido lector que comparta conmigo, el ánimo al menos, de clavar esta rúbrica como Lutero clavó las famosas 95 tesis en los portones de las iglesias (cosa que, por cierto, jamás pasó. Y es que la propaganda, Dios bien lo sabe, es un invento luterano). A todo esto el Celebrante deberá decir las famosas palabras: Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris. O bueno. Las dirá en el idioma que así ahora corresponda: así en castellano, gallego, euskera, catalán, o la lengua “co-oficial” que corresponda al caso, o si está fuera de su madre patria, en italiano, francés, inglés, suajili o vaya a usted saber. Los efectos de la torre de Babel. Dios es demasiado misericordioso, pero a veces, actúa con inefable sordina. (El verano pasado, en el Camino de Santiago y ahora de miles de personas también, escuchaba en las eucaristías como el sacerdote daba la bendición hasta en tres y cuatro y cinco, y seis, y yo que sé cuántos idiomas diferentes. Menos mal que el santo reverendo no era titulado en la Escuela Oficial de Idiomas, sino sospecho que todavía seguiría recibiendo la bendición allí a día de hoy).

Pero, bueno, para decirle a usted eso: que no te olvides que mierdecilla eres y a la mierdecilla que te vas.

Reconfortante sin duda.

Porque resulta que eso de volver a morder el polvo es culpa y castigo por la tentación que hoy llamamos “Pecado original”. De original tiene lo de que está en el origen, porque como vemos, original original tiene poco. Es lo mismo de siempre, ya saben: el hombre, el tropezón y la piedra… Somos unos “hachas” los seres humanos. A la primera tentación que nos pusieron, recién estrenados, en nuestra historia, a la primera que caímos. Al final voy a estar de acuerdo con el señor Spufford, que comenta (en ese librillo, Impenitente, interesante pero algo meloso y sentimentalucho, lo cual queda claro por su subtítulo: una defensa emocional de la fe) que el pecado es una “PHaC”: Propensión Humana a Cagarla. Jocoso, pero impecable y teológicamente cierto.

El que no cayó en tentaciones fue Cristo. Ahora en Cuaresma lo estamos viendo. Ahí, en el desierto imperturbable y titánico. Creo que cualquier superheroicillo de esos yanquis que tanto venden ahora no le llegaría ni a la suela de la alpargata (Para mí Cristo no tenía ni sandalias ni zapatillas, tenía alpargatas. El que quiera entender que entienda). La diferencia es clara: el superhérore, para serlo, tiene que demostrarlo en manifestación constante de su “super-poder”. Cristo no. Él es el superpoder encarnado. Es harto diferente. Todo esto me recuerda a la prédica de Leonardo Castellani diciendo que hay personas (entre ellos sacerdotes y alguna que otra que se tiene por teologal autoritas) que niegan las tentaciones. Niegan su realidad y dicen que son dramatizaciones de la lucha entre el bien y el mal. Estos mismos también son los que dicen en sus articulillos que dramatizaciones también eran los endemoniados del Evangelio (en realidad “pobres enfermos”). Vaya. Cristo se debió de equivocar entonces al hablar con ellos y de ellos como endemoniados. Y, en fin, dicen también que dramatización es la aparición del arcángel Gabriel a Nuestra Señora. Lástima. Entonces debió ser que en monólogo interior Ella debió de preguntarse ¿Quiero ser Madre de Dios? Y se respondió ¡Claro que sí!

Y en esas estamos.

Lo siguiente serán los milagros.

Me recuerda también la prédica de “mi amigo” un chiste sobre su tierra, y que yo ahora parafraseo para la mía: parándole a las afueras de Palencia un turista a un paisano de por allí le preguntaba: ¿Esta es la carretera de Valladolid?, y el otro decía: pues sí señor. Pero viendo que el conductor ponía en marcha su coche, gritaba: ¡Párese! ¡Esta es la carretera de Valladolid, pero si quiere llegar a Valladolid, pegue media vuelta y agarre “pal otro lado”, que es en dirección contraria!

Así están algunos “doctorísimos” profesores de Escritura. Andando por la Escritura, pero en dirección contraria. Y piensan que están entrando y están saliendo.

Ahora hablando en serio.

Las tentaciones de Cristo, como las nuestras, son reales y verdaderas.

La tentación y el pecado que nos hace morder el polvo y que revivimos en ese miércoles es el de Adán y Eva. ¿Y cuál es ese pecado al que nos sometió esa serpiente luciferina? Me he percatado que es algo usual que la gente asocie el Pecado Original a algo relacionado con el sexo, la lujuria o similares. No hay que ser profesor en la Sorbona para advertir que no hay ninguna insinuación semejante en el texto. La serpientecilla es, no olvidemos, Lucifer, un ángel caído. Sí. Pero un ángel a fin de cuentas. Es decir, una criatura espiritual y por tanto cualquier apego a la carne le resulta harto indiferente.

La segunda interpretación más usual es la de la envidia.

Seréis como Dios le dice a Eva. Y dale. Ya está. Esta es a la que yo me habría adscrito, como quien dice, hasta antes de ayer.

Pero, gracias a la lectura de un artículo del señor de Prada llamado «Pecado Original» (cuya lectura recomiendo aunque malresumo aquí también), he aquí que he conseguido hacerme con una delicia de libro llamado La fe de los demonios de un tal Hadjadj, un converso al catolicismo. Siempre habrá algo que me haga desconfiar de los conversos: la misma radicalidad que ponen en oponerse a una fe, es la que luego abrazan hasta el paroxismo. Pero bueno. Que desde san Pablo a san Agustín, a manos llenas los tenemos. Y en fin. Qué decir. Ellos fueron mejores católicos de lo que yo seré jamás ni en mil vidas. Pero estos fueron, en definitiva, santos. Y los otros no. Ya me entienden. Este tal Hadjadj llama la atención de que en el momento que la Serpiente le dice eso a Eva (Seréis como Dios), ella… ¡ya estaba convencida! Así que podrá haber envidia, pero, en todo caso, como pecado segundo.

¿Y el pecado primero? Veamos. Dios le dice a la parejita (Gn 2, 16-17) que prueben todos los frutos que quieran menos los del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. De ese no podrán comer. Porque el día que lo comieren, murieren. Maldita sea. Lo comieron y aquí andamos muriéndonos. Por cierto que al lado de ese árbol había otro: el Árbol de la Vida. Igualmente prohibido. Y Dios, cuando les expulsa del paraíso comenta con cierto, creo, alivio, que no hayan comido de éste también porque entonces aparte de conocimiento tendríamos divina inmortalidad.

Volviendo al tema: el caso es que Dios prohíbe sólo una cosa: comer ese fruto. Y la buena de Eva, cuando la serpiente pincha un poco, dice la muy pilla: Dios nos ha dicho que no podemos comer ni TOCAR del fruto de este árbol (Gn 3, 2-3). Así que así, por las buenas Eva se saca de la manga una prohibición nueva: ¡no toques! Se la ha puesto en bandeja a la serpiente: ¡Cómo no querida Eva, tú toca, toca, que ya verás como no pasa nada! Y Eva toca. Y claro. No pasa nada. Respuesta del Diablo: si has tocado, y nada ha pasado. Entonces, muerde, tampoco nada te ha de pasar. Y ale. Chispún.

El primer pecado fue el del puritanismo.

Es el pecado de querer imponernos una carga que no es la nuestra, y como al no ser la nuestra, no la podemos soportar (porque no “encaja” bien) entonces caemos. Infringimos. Pecamos. Y concluimos que cualquier carga es insoportable. Así que en nombre de una hipermoral insoportable destruimos una humana moral conllevable. Bien lo dice de Prada: «El puritano siempre acaba cayendo en el desenfreno, porque cuando descubre que su exceso moralista es insufrible no tarda en juzgar insufrible cualquier moral».

El puritano quiere como Cristo hacerse cargo de los pecados del mundo. Pero sólo Cristo puede hacerse con los pecados del mundo. Uno, con hacerse con los suyos, bastante ya ha de enfrentar.

Vale.