Fernando Escobar, autor del cartel anunciador de la Semana Santa de Palencia’2019: “Me considero un artista figurativo”

14 de marzo de 2019

ÁNGEL MARTÍNEZ / ANDREA MERINO


  • Los gestos tienen un poder expresivo de nuestra esencia que yo deseo imprimir artísticamente en todas mis composiciones.
  • Santiago Amón me dijo que yo era un gallego puesto a secar al Sol de Castilla.
  • Lo que realmente me interesa, más allá del paisaje o bodegón, es única y exclusivamente el ser humano.
  • Me considero un artista figurativo, pero en ningún caso realista.
  • La Semana Santa de Palencia debería luchar por seguir manteniendo su estilo; un estilo que no sea superficial, sino que exprese un auténtico sentimiento religioso.

Una lluviosa tarde de noviembre nos acerca expectantes a una coqueta entreplanta situada en la calle palentina de Jacinto Benavente. En su interior nos adentramos desde espesuras frondosas galaicas, como si de un edénico jardín se tratara, hasta inmensos e infinitos campos castellanos abrasados en su cromatismo y abrasadores para jornaleros y gente humilde, que van desfilando ante nuestra atónita mirada. No, no es ninguna insania la que nos posee, sino la obra pictórica de Fernando Escobar, insigne artista palentino, que nos abre la cancela (tan castellana) de su verja personal y artística con motivo de su última composición pictórica que además conformará el cartel oficial de la Semana Santa de Palencia de 2019.

Aunque tu familia es de ascendencia castellana, viniste al mundo en la capital lucense. Como en las antiguas cosmogonías, todo empieza con el agua…

Nací en Lugo en el difícil y crucial año de 1936, pero soy de raíces castellanas. Mi padre era palentino y mi madre de Salamanca. Nacimos en Galicia debido a cuestiones de trabajo, puesto que mi padre, que ejercía como ingeniero industrial, estaba destinado allí en calidad de Delegado de Industria. Cursé el bachiller en Lugo, pero luego ya vine aquí, y la verdad es que siempre me gusta decir que soy nacido en Lugo y muerto en Palencia porque lo que realmente ha marcado la última etapa de mi vida es esta hermosa ciudad que jamás pienso abandonar. Pero si es cierto que todo empieza ahí, porque siempre guardaré en mi mente las imágenes inolvidables de mi niñez como la de la lluvia silente, la frondosidad y verdor de los bosques gallegos sobre cuyo suelo mojado yo transitaba de niño …

Pero luego el bosque daría paso a la estepa. Y el suelo mojado se resecaría al abrasador sol castellano. ¿Qué pasa y qué queda de ese primer periplo vital?

Su primera obra, con siete años.

Quedan, en primer lugar y como ya he dicho, recuerdos inolvidables. Recuerdos de una gran familia: llegamos a ser hasta dieciocho personas habitando mi casa de Lugo. Tengo en mi mente la imagen de un pasillo infinitamente largo, a través del cual mi madre rezaba devotamente el rosario. Fíjate si era largo que yo, desde mi habitación, no llegaba a escuchar la parte final de las letanías [Risas]. Guardo también el recuerdo de la escasez de producto en el período de la posguerra. Siempre cuento que uno de los días más felices de mi niñez fue aquel en el que por primera vez pude comprarme un helado. Me sentía el niño más afortunado del mundo. Aunque la alegría poco me duró, porque unos chavales matones en cuanto me vieron, me lo robaron. Fueron tiempos complicados para todo el país. Por otra parte, a nivel pictórico, recuerdo la primera obra que realicé: era un paisaje holandés con un tradicional molino.Lo pinté con siete años en la parte de atrás de la tapa de una caja de puros [se levanta, recoge un pequeño cuadrito que tiene colgado en la pared y nos lo enseña]. Es uno de los primeros pintados sobre tabla que luego, evidentemente, dejaría a un lado.

Y después se traslada a Palencia…

Cuando tuve ocho años mi familia regresó a esta tierra. La primera etapa está marcada por una dualidad: durante el día asistía al Colegio de Hermanos Maristas para completar mi bachillerato (recuerdo vívidamente algún que otro, hoy impensable, zurriagazo por parte de algún hermano [Risas]) y por la noche asistía a la Escuela de Artes y Oficios Artísticos, dirigida entonces por D. Germán Calvo y D. Mariano Timón, mis dos grandes maestros en Palencia. Tengo buen recuerdo de esa época, que considero en parte decisiva en mi personalidad. Pero, ciertamente, Palencia no era un núcleo notable ni artístico ni formativo. Me producía especial desidia el trabajo anatómico. Se reducía, para mí exasperación, a dibujar repetitivamente narices y orejas.

Es cierto que en su obra pictórica no se capta un respeto figurativo hacia el realismo anatómico. Empero tuvo una gran formación en él, ¿me equivoco? Porque luego llegaría Madrid…

Siempre me interesó mucho la expresividad anatómica. Los cuerpos, y en especial, las manos de los distintos personajes (campesinos sobre todo) que evoco en mis obras. Creo que ese interés y esa plasmación han ido ganando mucho espacio a lo largo de la evolución de mi obra. Hasta el punto de que, casi sin darme cuenta, cada vez doy más volumen, expresión y detalle a las manos de mis composiciones.

Pero, efectivamente, luego llegaría Madrid. En 1956, y por mediación y recomendación de D. Germán Calvo, ingresé en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando donde comencé mis estudios, y también las prácticas de anatomía y dibujo natural en el Círculo de Bellas Artes. Ahí sí que trabajamos con desnudos anatómicos, de hombres o mujeres. Un dibujo que no es fácil pero sí fundamental, aunque sea incluso para huir de él como yo hice. Porque, aunque nunca abandoné lo figurativo, jamás he abrazado el realismo, ni mucho menos el hiperrealismo.

Me puedo imaginar que no todo era formación artística en la villa madrileña. La recreación y la ensoñación son elementos igualmente importantes en el alma del artista, y la capital del Reino da para mucho en ese aspecto.

Es evidente. Supuso un gran cambio y una gran influencia para alguien que venía, aunque con sus célebres islotes, de un erial artístico como era Palencia. Y de repente te encuentras en la gran capital. Recuerdo como mi buen amigo Santiago Amón y yo nos fuimos a vivir a un pisito bohemio en la calle Luna, cuya renta pagábamos con el dinero que mensualmente me enviaba mi madre.

No me resisto a preguntarle por la anécdota de las terrazas, mirando pasos y pisadas de botas y botines…

[Risas] Es una anécdota que siempre me gusta contar. Nada me producía mayor placer artístico e intelectual que sentarme en las terrazas madrileñas para contemplar a la gente pasar. Lo curioso es que no miraba sus caras o trajes sino sus pies. Veía su calzado, su forma de pisar, de moverse por la calle; es algo que me apasionaba. Hasta tal punto que empecé a categorizar por profesiones cada clase de pisada y calzada. “Este es sastre, aquel frutero, etc.” A tal punto llegó el asunto que un día, ni corto ni perezoso, me atreví a preguntar a un completo desconocido (para comprobar mis dotes de observación) si era funcionario. El hombre, asombrado, me respondió “Vaya, pues sí lo soy, ¿cómo demonios se ha percatado?” Y yo creo y quise creer que era por su calzado, por su manera de pisar.

Es la humanidad trasmitida al gesto, a un útil como el calzado. Como aquel par de célebres botas de Van Gogh sobre el que tanto reflexionaron filósofos como Martin Heidegger.

¡Sí! Es precisamente eso. Desde el rudo pie, al fino calzado. Un gesto, una arruga o una simple mancha pueden decir tanto o más que una cara sobre la esencia de nuestra humanidad. Es lo que intento expresar con la fijación en el gesto de una mano, de una arruga.

“Los gestos tienen un poder expresivo de nuestra esencia que yo deseo imprimir artísticamente en todas mis composiciones”

Entonces podríamos reinventar la paráfrasis: ‘El gesto es el espejo del alma’.

Me parece esencial. Fíjate tú, ahora en este mismo momento. Según estamos hablando, nos vemos, alzamos la mano para dar fuerza a nuestras alocuciones. Esos gestos, esas marcas tienen un poder expresivo de nuestra esencia que yo deseo imprimir artísticamente en todas mis composiciones.

Luego de tu formación en Madrid comienza tu periplo europeo. Ahí la cosa se pone seria.

En el año 1958 viajo a Suiza; concretamente a la capital, Berna. Me llevé poca cosa, incluido cuatro rudimentos del alemán, que de poco me sirvieron puesto que en la zona donde yo residí se hablaba un dialecto del suizo. Y me traje cuatro idiomas, que me vinieron de perlas para moverme por el resto del mundo; algo de dinero, que también es importante; y una gran cantidad de amigos que dejé y que, tristemente, la mayoría ya fallecieron puesto que eran mucho mayores que yo. Pero tuve la suerte de conocer en Berna a un marchante suizo, Max Peffaf que me tendió la mano personal y profesionalmente. Tengo la imagen grabada en mi recuerdo: la de una mano tocando mi hombro, darme la vuelta y escuchar a un hombre decir: “Si su obra es igual que su cara, entonces creo que será algo realmente interesante”. Me ofreció trabajar con él un año en exclusiva con la promesa de que me montaría una exposición. He de decir que en esa exposición, sólo en la primera mañana, se vendieron treinta y ocho cuadros. Sería la primera de una larga trayectoria que me llevo, además de por Suiza, por Francia, Alemania, Italia y Holanda.

Si no me equivoco, también se dedicaría por un breve lapso a restaurar y recuperar muebles de estilo barroco… ¿Dónde quedó eso?

[Se da media vuelta señalando un vetusto mueble a sus espaldas] Es algo que he tenido muy presente, puesto que he seguido restaurando y recuperando mobiliario como éste que podéis observar. Recuerdo que los muebles que estuve recuperando eran preciosos, de un estilo muy característico del barroco suizo con motivos variados: flores, paisajes, mujeres con trajes regionales, etc.

Y en el año 1964, vuelta a España. A Palencia. De manera definitiva.

El hecho de recorrer el mundo supone un gran tesoro de enriquecimiento personal. Para poder refrendar el dicho de si estás bien donde estás, para qué has de moverte tiene que haber un recorrido, una evolución. En definitiva, un viaje. Pero todo periplo vital no tiene valor sino por el hogar que a uno le está esperado. Un lugar donde regresar, recoger y repensar todo lo vivido. Es condición fundamental [en este momento, coge un pequeño librito de cubierta deslucida que tiene a mano en el escritorio. Acto seguido recita el poema “Autorretrato (¡Qué lástima!)” de León Felipe]. Así que regresé. Y a mí llegada comencé a ejercer la enseñanza en colegios y centros culturales de la Universidad Popular.

También comienza la fundación de algunos grupos de pintura en la localidad.

Fui fundador del Grupo Zaguán, primero del que se tiene noticia escrita en la ciudad de Palencia. Nos reuníamos en el bar con el mismo nombre, que estaba situado en la Calle La Puebla. Si pienso en Zaguán pienso en una imagen de esas reuniones: un pianista y un argentino cantando delante de un enorme mural que pinté, cuyo tema era unos segadores del campo castellano. También fui fundador del grupo Mazarrón de pintura, de la fundación de Encuentros Palentinos y cofundador, junto con Alberto Rodríguez del grupo cultural Muriel.

Ha hablado de murales. Tiene predilección, además de una larga trayectoria, en su composición.

Pintor de murales

Hace unos treinta años, le encargaron un mural en el asador de Aranda de Madrid a José Vela Zanetti, gran pintor burgalés que vive en Milagros. Y él dijo que ya era demasiado mayor para andar entre andamios, pero que “había un pintorcillo en Palencia, que no lo haría mal” y entonces me lo encargaron a mí. Fue el primer gran mural que yo pinté en Madrid. A partir de ese momento he presentado cientos y cientos de metros de murales en fábricas, hoteles e instituciones. Tengo predilección por los murales: la perspectiva y la composición son absolutamente diferentes a los de una obra en cuadro. Hay que tener un especial cuidado con las proporciones, puesto que no es lo mismo ver tu obra desde un andamio, que desde unos cuantos metros más abajo. Considero que a un buen pintor se le capta especialmente en las obras de grandes dimensiones, no en las pequeñas. Vela Zanetti es, probablemente junto con el pintor anglo-alemán Lucian Freud, uno de mis grandes maestros e influencias artísticas.

“Una vez me dijo Santiago Amón que era ‘un gallego puesto a secar al sol de Castilla’”.

Entrando de lleno en su obra pictórica. ¿Hay un hilo trasversal en su temática? Parece usted ser un pintor del ‘medio ambiente’, pero en sentido literal: admiración hacia lo natural, pero en armonía con lo artificial del instrumento (de labor por ejemplo) junto con el elemento del hogar, del calor humano. Todo ello presentado en una total armonía.

Una vez me dijo Santiago Amón que era “un gallego puesto a secar al sol de Castilla”. Esta tierra en la que vivimos, es una tierra árida y pausada. Por ejemplo, Villasirga es una maravilla de localidad. Un pueblo pequeñito rodeado de campos solitarios con algún palomar salpicado. Cuando vine a vivir aquí, yo estaba acostumbrado a mi Galicia natal, con sus bosques, su verdor, su humedad natural. Y al llegar a Palencia me asombró la tierra, la aridez y los cambios de las cuatro estaciones, que en Galicia eran poco perceptibles, aquí eran drásticos y acusados. Eso me produjo una gran impresión y tiene un gran peso en forma de entender la paisajística en el conjunto de la composición pictórica.

“Lo que realmente me interesa, más allá del paisaje o bodegón, es única y exclusivamente el ser humano”

Y en cuanto a los tipos pictóricos castellanos. Porque, como decía Cela, “el español, no cree en Dios, si no en el fuego”. Y tanto más se podría decir del castellano. Esta tierra ancha y quemada que abrasa con su crudeza y dureza a todo aquel que la habita. Y, sin embargo, con todo, se capta en sus composiciones junto con esa crudeza, la benevolencia del vendimiador, del segador o el sembrador…

Lo que realmente me interesa, más allá del paisaje o bodegón, es única y exclusivamente el ser humano. La expresión auténtica de todas aquellas personas que han pasado su vida la ancha tierra de labranza castellana. La expresión de las personas que, a través de los surcos de su piel, de sus arrugas, callos, cuentan una historia corporal que es la historia de su vida, de su tierra, de su periplo vital. Los surcos del campo y los surcos de la piel se hacen uno en el hombre y la mujer de campo castellano.

Hay algo en estos retratos de personas humildes que recuerda a la forma de retratar de un jocoso Velázquez a los enanos como reyes majestuosos. Hay una dignidad casi divina, o en todo caso poética en las formas de retratar. En esos rostros y manos.

Como he comentado, viví muchísimos años en el extranjero. Y los campesinos de cualquier tierra de las que he conocido se parecen muchísimo. Excepto el campesino castellano, que tiene unas características muy especiales. Mi padre, que era como he dicho, palentino (nacido en Azoña de Campos) tenía labranza de Boadilla de Rioseco. Y los veranos de nuestra estancia en Lugo veníamos aquí a Castilla. Por eso empecé a pintar Castilla a una muy temprana edad y siempre me asombraron los personajes castellanos con sus manos recias y demás. Hay una anécdota que tengo grabada en la cabeza: Mi padre traía algunos braceros de Galicia. Recuerdo a uno que venía con una camisa a cuadros, que no se la quitó en todo el verano, y se hizo “un siete” en uno de sus brazos con un carro. Cierto día, se quitó la camisa para lavarse y se le veía el siete completamente negro y el resto del pecho y los brazos completamente blancos. Y eso me sorprendió profundamente por eso: por soportar durante tres duros y largos meses este calor tremendo castellano. Creo que fue el primer punto de partida de mi admiración. De intentar captar toda esa dignidad humana; la de los humildes, los campesinos y el medio rural.

“Me considero un artista figurativo, pero en ningún caso realista”

A nivel puramente pictórico, cromático y compositivo, ¿cómo se definiría? Parece que su impresionismo navega hacia cotas casi expresionistas. Como si entre los campos de cebada y trigo castellanos se colase un pequeño girasol holandés intruso. ¿Reconoce maestros?

Me considero un artista figurativo, pero en ningún caso realista. Me gusta reinterpretar Castilla, sus gentes y sus tierras desde una lectura expresionista. De ahí los rostros sufridos, las manos callosas, trabajadas y con surcos, las morenas tonalidades de una exposición prolongada al sol de esa Castilla milenaria y profunda. Por eso, en mi expresionismo, he llegado a escuchar que mi tratamiento del campo castellano y sus gentes tenía una resonancia ‘vangoghiana’. En el fondo, más bien, mi Holanda particular es mi Galicia natal. Y de esa dualidad nace mi obra: de ver las macizas y serias tierras palentinas desde el cromatismo y la exuberancia de la tierra gallega. Y a nivel cromático, siempre he tenido preferencia por el uso de colores ocres, siena tostada y siena natural. Aunque en este momento estoy utilizando todos los colores de la paleta, porque estoy a la búsqueda de la luz y del color. Tengo últimamente especial interés en el tema de la luz y sus posibilidades expresivas y pictóricas.

Pintura para el Cartel de la S.Santa de Palencia’2019

Llegando ya a la guinda del pastel de esta entrevista, su reciente creación pictórica La magdalena llorando a los pies de Cristo que será el cartel oficial de la Semana Santa de Palencia de este año. ¿Cómo recibió la noticia y cuáles fueron las ideas principales que le llevaron a esta composición?

Cierto día, cuando me encontraba saliendo de misa, en la iglesia de san Francisco, me encontré con un hombre, Antonio Motila, que se me presentó como presidente de la Hermandad de Cofradías de la ciudad de Palencia. Le emplacé a mi estudio, aquí donde nos encontramos, y me presentó la oferta e invitación para realizar el cartel de este año. Yo acepté encantado, porque además de sentir un orgullo como palentino, lo siento como católico (practicante y pecador). Ciertamente, al principio me supuso algo de respeto, y más al ser consciente de que la Semana Santa de la ciudad de Palencia está declarada de Interés Turístico Internacional. Pero tuve la idea compositiva clara desde un primer momento: la figura de la Magdalena, la mano [en este momento, se levanta y levanta un cuadro. Es un impresionante boceto en acuarela de María Magdalena en la misma composición final que adoptaría en el cuadro].

Y en cuanto al tema de la composición, parece usted mantenerse absolutamente fiel a su estilo. Añadiéndole el detalle del Cristo del Otero.

Antonio me expuso una única condición: que el cuadro tuviera algún guiño pictórico a Palencia. Lo cual, creo que en mi obra no es que resulte algo muy complicado [Alza las manos señalando todos los cuadros de su estudio. Risas]. Me basé en un pasaje del evangelio en el que tiene especial protagonismo la figura de María Magdalena acompañando a Jesús a los pies de la cruz. Me interesa especialmente la figura de la Magdalena. Como Cristo la perdona de todos sus pecados y le invita a seguirle. Creo que define muy bien la tesitura existencial de los católicos, por lo menos la mía. En cuanto al tema de la representación de la mano de María, los pies y rodillas de Cristo, son mis temas. Mis colores. Tenía claro que no iba a realizar un cuadro “típico” de los carteles de la Semana Santa. Quería mantenerme fiel a mi estilo. Con todo lo que ello supone, pues ya se sabe que uno no puede agradar a todo el mundo. Pero tenía claro cuál era mi objetivo: mostrar el sufrimiento y la Pasión a través de la cruda realidad, de los surcos, grietas y heridas de la corporalidad. En este caso la de Cristo y la de María Magdalena.

La Semana Santa de Palencia “debería luchar por seguir manteniendo su estilo; un estilo que no sea superficial, sino que exprese un auténtico sentimiento religioso”

Para acabar: una visión sobre la Semana Santa palentina y sus cofradías.

Dentro de la diversidad de caracteres que posee la Semana Santa española, la palentina queda encuadrada, a mi entender, en el contexto de la austeridad; de lo sobrio y el recogimiento. Es la expresión de la profunda religiosidad en una tierra dura y extensa como el campo castellano. Creo que a esta idiosincrática forma de vivir la Pasión le sobra todo elemento de folclore exagerado o manierismo extravagante que le es ajeno. Y creo que debería luchar por seguir manteniendo su estilo; un estilo que no sea superficial, sino que exprese un auténtico sentimiento religioso. Por ejemplo, aborrezco la figura de las manolas tal como hoy están concebidas. No veo religiosidad, ni penitencia. Sólo lucimiento, perdiendo el objetivo esencial de lo que un día fueron. Aprecio y me estimula, sin embargo, el acompañamiento musical. Las bandas de cornetas y de tambores me parecen un elemento fundamental y profundamente simbiótico con nuestra manera de entender la semana de la Pasión.

Mil gracias Fernando.

A vosotros.

En pocas palabras

Literatura: Poesía (la moderna, en especial Pablo Neruda).

Música: Preferentemente cantada en español. Me enamora Candilejas de Chaplin.

Geografía: Machu Pichu, el recuerdo de subir hasta allí con mi hijo.

Escultura: Rodin.

Cine: No tengo especial aprecio. Pero me gustó mucho la primera de King Kong.

Gastronomía: Tampoco soy especialmente comilón. Desayuno tres ciruelas pasas y un zumo. Como poco y ceno un yogur.

Un recuerdo: Estar en la Cumbre de la Tierra en el año noventa y dos como representante de Los Verdes en Castilla y León y me asombró una chica que me estaba mirando cuando yo hablaba. Al acabar me dijo que le había encantado mi discurso y me preguntó si quería dar una vuelta por encima de la Amazonia, ya que tenía un hermano con una avioneta. Fue un viaje increíble sobrevolando todo ese territorio. Ella me decía: “si nos caemos por aquí, tardarían tres meses en encontrarnos” a lo que yo pensaba: “¡Que nos caigamos!”.

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